Necesidades y deseos en un mundo de abundancia

Acaba de aparecer un documento, el Manifiesto Comunero, impulsado por el Grupo de Cooperativas de las Indias. No se trata de un documento de psicología, por supuesto, pero aquí en Simbòlics le vamos a dedicar el presente post, sobre necesidades y deseos.

El Manifiesto analiza la actual crisis y nos expone una alternativa económica y social que, afirman, se está ya gestando. En el documento aparecen muchos conceptos interesantes, la mayoría creados a lo largo de más de una década de trabajo y debates: Modo de Producción P2p, Economía Directa, Comunal, Ética Hacker, y un largo etcétera que podéis encontrar en su Indianopedia.

Entre los múltiples conceptos que se van desplegando y articulando a lo largo del Manifiesto, uno de ellos es especialmente interesante desde el punto de vista psicológico: el concepto de abundancia, que va acompañado por otros dos conceptos estrechamente relacionados, necesidades y deseos. Vamos a ver qué podemos aportar de todos ellos.

Sobre necesidades y deseos

Desear proviene del latín desiderare, que etimológicamente significa dejar de ver el astro (siderare=astro), echarlo en falta. En la mente de los clásicos esta falta era poderosa, pues alejarse de los astros era alejarse de su influencia, y por lo tanto liberarse del destino. Desear, así, tenía un componente negativo, la desprotección y la incertidumbre, pero otro de positivo, la libertad del ser que pasaba a regularse por sí mismo, por sus deseos.

Una libertad para nada ligera, pues conllevaba todo el peso de la responsabilidad personal en cada una de las elecciones de la vida. ¡Cuántos mitos, leyendas, cuentos, libros sagrados y tratados de ética no se habrán escrito o contado sobre el deseo y sus tentaciones!

Para bien o para mal, el deseo es un fuego interior que nos moviliza, nos impulsa, nos proyecta. Nace de una falta, una carencia, aunque no necesariamente se trate de una falta vital o necesaria. Vayamos por partes.

En primer lugar, señalar que el deseo es humano por definición. En el mundo animal están las necesidades: hambre, sueño, sed, impulso sexual… Faltas transitorias producidas por desequilibrios homeostáticos del organismo, que busca saciar (saciar proviene del latín satis=suficiente). Necesidades y deseos movilizan, son el motor básico del mundo animal. Y a diferencia del deseo, la necesidad se sacia, aunque periódicamente vuelva a resurgir.

Lo opuesto a la necesidad es el déficit. Déficit visual, déficit de vitamina D, etc. Son faltas necesarias que se deben implementar o suplementar.

Los humanos partimos de ese mundo de necesidades, como animales que somos. Sentimos los déficits cuando no están cubiertos, y eso nos mobiliza poderosamente a actuar. Pero nuestra naturaleza autoconsciente nos lleva más allá, transciende la lógica de las necesidades y nos lleva al mundo de los deseos, más intangibles, atravesados por el lenguaje y el significado, y de naturaleza insaciable. Las faltas, aquí, las llamamos carencias. Necesidades y deseos, pues, que se superponen y se mezclan en un todo motivacional.

Veamos ese fragmento del libro El Error de Prometeo, del psicólogo Manuel Villegas (2011):

El deseo parte de la consciencia de carencia: ahí fuera existe algo que yo no tengo y que puedo poseer. La necesidad se transformanecesidades y deseos en deseo, el déficit en carencia. La necesidad puede satisfacerse y cesa en su activación. El deseo no puede nunca satisfacerse por completo, y, en consecuencia, no cesa nunca en su activación. La razón de esta dinámica aparentemente contradictoria radica en el hecho de que en el momento en que se consigue el objeto de deseo éste se destruye o consume, por lo que de nuevo surge la carencia: el objeto consumido ya no existe y es preciso buscar otro.

El deseo constituye de ese modo una especie de perversión de la necesidad. La leyenda del rey Midas explica a la perfección este fenómeno. En agradecimiento por sus servicios, Dionisio concedió a Midas el deseo de que todo lo que tocara se convirtiera en oro, por lo que a pesar de convertirse en inmensamente rico estuvo a punto de morir: no podía comer ni siquiera una manzana o bien oler una rosa sin que ésta se convirtiera en el precioso metal. A la satisfacción del deseo le sucede el hastío. Esto se produce en todos los campos del consumo: el vestido, la comida, los viajes, las relaciones amorosas, las diversiones. Y en esa dinámica radica la razón de las adicciones a sustancias, las compras, el sexo, etc: éstas no satisfacen nunca plena o definitivamente y por ello inducen al consumo continuo.

También en esa dinámica se fundamenta el mecanismo económico de la sociedad de consumo: se trata de provocar siempre la insatisfacción a fin que no cese el deseo de mayor consumo. Hasta las familias han dejado de ser unidades de producción para pasar a ser unidades de consumo. Los objetos han dejado de ser considerados en su dimensión útil o funcional para convertirse en objetos de consumo […]

Eso no significa que no sea posible mantener el deseo sin llegar al hastío. Pero para ello es preciso que el objeto del deseo sea inacabable (como por ejemplo el conocimiento científico), o que nuestra relación con el objeto no sea de consumo (por ejemplo, una relación de amistad) dando lugar a transformaciones del deseo en actitudes tales como interés, admiración, respeto por el objeto… (pp 89-90)

Puntos suspensivos a los que podríamos añadir la creatividad. El deseo es fuerza, es motivación, es voluntad. El deseo es el motor de la Historia. La cuestión es cómo se regula y a qué ética obedece esa regulación.

La dinámica dialéctica del deseo

Necesidades y deseos parecen pues muy similares, sin embargo parten de naturalezas muy distintas. Las necesidades son simples, directas, concretas. Obedecen a la satisfacción de un cuerpo que lucha para no entrar en déficits. En cambio, los deseos son mucho más complejos. En ese apartado nos vamos a centrar exclusivamente en la dinámica de esos últimos.

Según Manuel Villegas (seminario Diálogos sobre temas existenciales, Barcelona 2016, impartido junto con la psicóloga Pilar Mallor) el deseo se expresa de dos formas básicas:

  1. Forma asimilativa: de fuera para adentro. Quiero algo que me puede complementar y lo adquiero (ad-quiero, lo quiero para mí). Se trata de una relación posesiva, egocentrada, de consumo. Si quiero algo que no está a mi alcance siento envidia de aquellos que lo tienen, se lo sustraigo o bien lo fantaseo, puedo refugiarme en un mundo de fantasías -narcisistas- que consumo en mi intimidad.
  2. Forma acomodativa: de dentro para fuera. Quiero algo y lo creo, lo construyo, lo hago posible o real. Requiere creatividad, imaginación -que no fantasía-,

Hablamos de asimilación y acomodación para referirnos a dos procesos complementarios que interactúan de forma dialéctica, a partir de los cuales los organismos psicológicos y fisiológicos se adaptan a los estímulos cambiantes de sus entornos. Se trata de un concepto aportado por Jean Piaget en el marco de su teoría del Desarrollo Cognitivo, aplicado al deseo por Manuel Villegas.

Así, pues, podríamos decir que el deseo regula nuestra relación con los objetos, los conocimientos y las personas, nos aproxima a ellos, ya sea a través de la adquisición, consumo o posesión (asimilación), ya sea a través de la creación o producción (acomodación).

necesidades y deseosEn el caso de las relaciones personales, vemos como se dan las dos formas básicas del deseo. En su vertiente asimilativa están las relaciones basadas en la posesión y la búsqueda de la complementariedad: esa otra media naranja que me complementa, y pasa a formar parte de mi ser. Hay fusión, o confusión. Hay idealización y fantasía. Muchas relaciones de pareja empiezan así, en la fase del Eros. Los límites personales se difuminan y si se mantiene la dinámica asimilativa en el tiempo aparecen asimetrías de poder, celotipia, control, etc, que paradójicamente se acompañan de desinterés mutuo y hastío en la relación. El otro es percibido más como objeto de pertenencia que como sujeto libre. En la medida que se tiene al otro ese desaparece como tal, y decae su atracción como objeto de deseo.

Sin embargo, la mayoría de relaciones van generando otro tipo de dinámica complementaria a la anterior, en la forma acomodativa. Aquí se parte de una percepción del otro real, del sujeto libre que está ahí. Hay una adaptación al otro, que es adaptación mutua. No se busca llenar un vacío personal a través de un otro que complementa, se parte de un sentimiento de completud personal, un ser entero que desea compartir aquello que tiene o desea crear conjuntamente aquello que anhela. En esa dinámica acomodativa, el objeto de deseo -que es sujeto- no se agota, pues nunca se posee. Hay creatividad y juego, se forja una profunda amistad, aparece el respeto y la admiración -no idealizada.

Las dos formas de deseo están siempre presentes en toda relación, en danza dialéctica. El que nos importa aquí es detectar cuál de ellas predomina y por consiguiente marca el estilo de la relación.

Así, pues, ya sea en una relación personal (de pareja, de amistad, etc), ya sea en relación al mundo de los objetos, ya sea frente al conocimiento, el deseo estará siempre ahí, vivo e inacabable. Y se va a manifestar dialécticamente en sus dos formas, asimilativa y acomodativa. La cuestión está en cómo lo gestionamos, cómo lo regulamos moralmente. Y sobre todo, cómo lo hacemos en un mundo social que por primera vez a la Historia va a funcionar a partir de la lógica de la abundanca.

Necesidades y deseos en un contexto de abundancia

Llegados a este punto, es de suponer que nadie pretenderá ya definir la abundancia en relación al deseo, al menos como satisfacción definitiva, pues eso sería inviable. Nunca va a haber en este mundo suficiente de algo para colmar asimilativamente el deseo, y sin llegar al hastío, pues equivaldría a dejar de ser humanos. Como bien dice el Manifiesto Comunero, la abundancia no debe definirse en relación al consumo, pues esa sería una pretensión destinada al fracaso, al menos psicológicamente hablando. Recordemos el cuento del Rey Midas.

A partir de aquí, siempre considerando necesidades y deseos, habría sólo dos posibilidades, :

  1. Definir la abundancia en relación a las necesidades humanas, esas sí saciables.
  2. Orientar el deseo hacia una dinámica más equilibrada, y si acaso, preferentemente acomodativa.

Precisamente, en esa misma línea va el Manifiesto Comunero, cuando define primeramente que se trata de una [nueva] economía centrada en satisfacer las necesidades humanas, y después cuando añade que la abundancia es un concepto económico del ámbito de la producción, no del consumo.

Pero vayamos por partes. Para empezar, el punto 1 nos emplazaría a definir con más precisión necesidades y deseos -y sus déficits-. Tarea probablemente imposible, o en todo caso constante e inacabable, pues ambas experiencias suelen venir juntas y revueltas. ¿Donde están sus límites? Estoicos y epicúreos se ocuparon de ello, optando por promover una regulación del deseo en modo minimalista; no desear era no carecer, y por lo tanto sentirse pleno. Excepto probablemente en relación al conocimiento y la amistad, donde sí desataron el deseo. Nos mostraron sus vidas sencillas pero dignas, vidas con sentido, vidas felices, sin excesos pero sin caer en la desatención de lo que llamaríamos necesidades básicas.

Una tarea de gestión del deseo que ellos trasladaron a la ética, y que nosotros podemos abarcar hoy también desde la psicología clínica, al menos desde aquellas corrientes que parten de una perspectiva moral de la naturaleza humana y por lo tanto de los conflictos psicológicos. En ese sentido, es de sumo interés el siguiente fragmento del Manifiesto: La abundancia no tiene que ver con el consumo y mucho menos con el consumismo. En realidad el consumismo no es un «estado del capitalismo», sino una forma compulsiva de consumo con la que algunas personas, reducidas a individuos aislados cuando llegan al mercado, tratan de resarcirse de la angustia, la soledad y la desazón de unos trabajos sin sentido y una forma de vida atomizada que, como el sistema que las produce, «no van a ningún lado». Conductas compulsivas, angustia, soledad, desazón, vacío existencial… Experiencias psicológicas inducidas socialmente, fruto del actual modo de producción, que generan sensación de carencia y activan el deseo desequilibrado en su vertiente asimilativa: consumo reiterado y vicioso de productos y de relaciones.

En el segundo punto hemos hablado de orientar el deseo hacia una dinámica más equilibrada, y si acaso, preferentemente acomodativa, donde predomine la creatividad. Como bien dice el Manifiesto, la abundancia tiene que venir del lado de la producción. Pero se tiene que tratar de una producción diferente a la actual, pues debe superar la experiencia forzada, ejecutada desde el deber y la obligación, y pasar a estar motivada por el deseo. Que no implica ausencia de esfuerzo ni responsabilidad, antes al contrario. La plena responsabilidad emana de la libre elección, y ésta del deseo, sin los cuales la voluntad no se moviliza en toda su potencia y capacidad de perseverar. El Manifiesto descrive en ese sentido que ya existen actividades que nos muestran en qué consistirá el tipo de trabajo que sustituirá al trabajo asalariado conforme nos acerquemos a una auténtica sociedad de la abundancia: una expresión de habilidades motivada por el placer [aquí diríamos deseo] de disfrutar de la interacción con otros, el placer [deseo] de aprender, experimentar y aportar. 

No se trata por lo tanto de un trabajo orientado a la satisfacción de las necesidades, que en un mundo de abundancia ya deberían estar incondicionalmente cubiertas. Sinó que se trata de una actividad productiva orientada al despliegue del deseo, a la plena responsabilidad, a la realización personal, a la inspiración artística y la creatividad, al cultivo de las relaciones de amistad, al aprendizaje constante, y a la creación de identidad comunitaria.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

css.php