La vida no tiene sentido

Cuando la vida no tiene sentidoEn este post vamos a hablar de crisis existencial, de vacío, de la angústia que experimentamos cuando constatamos que la vida no tiene sentido. O en todo caso no tiene un sentido último. Porqué sentidos, en plural, los hay, o acabamos encontrándolos. Vienen y van, cambian dependiendo de la sociedad y la cultura que nos envuelve, el momento histórico que nos toca vivir, o incluso nuestro propio momento vital.

Pero para empezar a hablar de todo ello, conviene señalar el punto de partida: la libertad. Sí, un concepto tan bello y poderoso, y a la vez el orígen de nuestra perdición.

La libertad como punto de partida

En la cuestión de la libertad, la mayoría de nosotros nos consideramos personas libres. Libres porqué podemos decidir sobre asuntos importantes, trascendentales, de nuestra vida: en el momento de escoger nuestra pareja, el tipo de carrera profesional, el modo de vida que mejor se adecua a nuestra forma de ser… También nos sentimos libres en las pequeñas cosas del día a día: qué me apetece cocinar para la comida de hoy, qué ropa me pongo para salir… Escogemos constantemente, tomamos decisiones, optamos por qué camino queremos seguir, ahora por aquí, ahora por allá. No sin condicionantes, o facticidades: el mundo que nos rodea marca unas limitaciones físicas, sociales, histórico-culturales, corporales, espacio-temporales.

Escogemos, pues, entre aquello que podemos escoger, que no es absolutamente todo. Porqué si la libertad fuese completa, entonces seríamos dioses, y lamentablemente no es el caso. A parte de esa limitación, la libertad tiene otra característica que tampoco podemos sobrepasar: es el hecho que no podemos renunciar a ella. Según Jean-Paul Sartre (1954) “la libertad es libertad de elegir, pero no de no elegir”. Porqué, en efecto, incluso cuando no elegimos, cuando nos dejamos llevar por el entorno, cuando delegamos nuestra voluntad en otras personas, estamos eligiendo no elegir.

¿Libres? Sin duda. Pero condicionados y atrapados. Condicionados, efectivamente, por un mundo que nos limita, y atrapados también en una libertad obligada, y excesiva, pues nos arroja a tomar consciencia que la vida no tiene sentido en sí misma. Sartre no dudó en calificar de absurda esta situación, un sinsentido vital que nos pertenece y que debemos sostener como podamos.

Libres significa vacíos

El ser humano es una totalidad en curso, una divina ausencia que debemos rellenar (González, A., 1998). El ser humano no es tan sólo lo que es, sino también lo que quiere ser, aquello que desea ser, y esto no sería posible sin una indeterminación ontológica previa.

Así, pues, a diferencia de la mayor parte de seres vivos, los humanos nos guiamos por un proyecto propio, que sobrepasa genes e instintos, y que nos va determinando a medida que tomamos decisiones y escribimos el propio guión. Esta es la cara positiva de la libertad, el control del propio destino, el poder de desatar la voluntad. La cara negativa es el vacío, la nada de la que partimos, pues la vida no tiene sentido en sí misma. La ausencia que sentimos cuando buscamos inútilmente un significado último, un sentido universal que nos transcienda i nos acoja en los momentos difíciles.

“Cuando todos los ideales corrientes, sean morales, estéticos, religiosos, sociales o de cualquier otra clase, no logran imprimir a la vida una dirección y una finalidad, ¿cómo preservarla del vacío?” Se preguntó el filósofo Émile Cioran (1991). “La única manera de lograrlo consiste en aferrarse a lo absurdo y a la inutilidad absoluta, a esa nada fundamentalmente inconsistente cuya ficción es susceptible sin embargo de crear la ilusión de la vida.”

Un pesimismo radical, el de Cioran, que a pesar de todo le ayudaba a seguir erguido y dar un cierto sentido a su vida. Otras personas consiguen huir del vacío ya sea a través de creencias religiosas, de ideales exacerbados, ya sea porque se sumergen en el día a día, absorbidos por la vorágine de la cotidianidad y la compañía de las personas de su alrededor. Otras muchas, sin embargo, experimentan eventualmente el pánico del vacío, que la vida no siente sentido, aunque por lo general se trate de experiencias efímeras o temporales.

Cuando la vida no tiene sentido

la vida no tiene sentidoDecía Albert Camus a “El mito de Sísifo” que el sentimiento del absurdo, del absurdo de la vida y del absurdo en general, nacía de una comparación. Una comparación con un resultado contradictorio o paradójico. Exponía el siguiente caso: “imaginemos un hombre atacando con una arma blanca otro grupo de hombres, estos equipados con metralletas”. Es absurdo, decía, porqué los medios de que dispone este hombre solitario son desproporcionados respecto del fin que se propone, hay un abismo entre su intención y sus fuerzas reales. Es absurdo cuando los disponemos en el mismo plano y los comparamos, cuando sospesamos medios con fines, intención con fuerzas reales.

El absurdo es esencialmente un divorcio, pues, no está ni en uno ni en el otro de los elementos que se comparan. Nace de su confrontación. En el caso existencial, continuaba Camus, el absurdo no está en el plano personal por sí sólo, en el nuestro existir, ni tampoco en el mundo que nos rodea. Sino en la presencia conjunta, en ese ser-en-el-mundo que somos.

El absurdo es así fruto de una comparación fallida. Una desproporción, una incoherencia, entre sus fines y sus medios, entre sus intenciones y sus posibilidades. Y podemos constatar que la vida no tiene sentido, que nuestra vida puede acabar siendo absurda, o sentirla absurda, en la medida que se cumple esa desproporción. ¿Qué desproporción? Para empezar, la principal de todas ellas: la muerte. “¿Para eso venimos? Es que es absurdo, yo no entiendo nada” Se indignaba Raquel, una paciente, ante la muerte de su padre (más adelante, en la segunda parte del artículo, se transcriben fragmentos de conversación del grupo de terapia al cual participaba).

La muerte es probablemente la mayor desproporción de todas, pero hay otras. Muchas pérdidas y sufrimiento nos trasladan a situaciones incoherentes y absurdas, y nos llevan al abismo del sinsentido. Enfermedades crónicas dolorosas o incapacitantes, pérdidas materiales, pérdidas sociales, conflictos interpersonales.

cioran“La vida no resiste apenas a una alta temperatura” observaba Cioran. “Por eso he comprendido que los hombres más atormentados, aquellos cuya dinámica interior alcanza el paroxismo y que no pueden adaptarse a la apatía habitual, están condenados al hundimiento”. Y seguía así, pesimista como nadie: “Si las enfermedades tienen una misión filosófica, ésta no puede consistir más que en mostrar lo frágil que es el sueño de una vida realizada. La enfermedad convierte la muerte en algo siempre presente; los sufrimientos nos unen a unas realidades metafísicas que una persona normal y con buena salud no comprenderá nunca”.

Un pesimismo recalcitrante, pero paradójicamente curativo, que a él de ayudaba, y supongo que también a algunos lectores suyos.

La vida es absurda. ¿Eso es todo?

La vida no tiene sentido, pero esto no es todo, en realidad es sólo el inicio. Es el punto de partida de nuestra búsqueda. Decía el psicólogo Víctor Frankl que las personas somos animales que buscamos constantemente un sentido a todo aquello que hacemos y vivimos. Un sentido de la vida en general, y también un sentido de la vida concreta, de nuestras acciones, grandes y pequeñas. El sentido del día a día.

Frankl señaló dos categorías de sentido (Gengler, J. (2009): el sentido ontológico, más amplio, orientado al significado de la Vida, en mayúsculas, al por qué de todo; y el sentido que él identificaba como existencial, orientado a las situaciones concretas y las experiencias mundanas, a la realización personal.

la vida no tiene sentidoDos ámbitos interconectados pero a la vez diferenciados. El primero, ubicado al terreno del infranqueable, del desconocido y misterioso, donde toda ambición de certidumbre está obligada a fracasar, y donde a menudo se hace uso de la creencia religiosa si esta consigue tranquilizar. En cambio, el segundo ámbito es más palpable, tangible, ya que pertenece a nuestro mundo. Nos referimos a vivir según unos determinados valores, unas expectativas, unas prioridades. De vivir el día a día según nuestra voluntad, nuestros gustos, y nuestras intenciones. Es vivir según la concretización de un sistema de valores moral, que nos guía y nos orienta a la hora de navegar en nuestra cotidianeidad y poner rumbo a la propia vida.

Desde el punto de vista terapéutico, el planteamiento en cada uno de estos ámbitos también es diferente. La cuestión ontológica requiere por parte del psicólogo renuncia y abstención, silencio y contención ante el misterio de la existencia, o en todo caso, respeto ante las creencias del paciente si es el caso.

La cuestión existencial que no pertenece al ámbito ontológico, en cambio, es el campo óptimo de acción y intervención. La mayor parte de psicoterapias entran de lleno en este terreno, especialmente las de naturaleza existencial, humanista, psicoanalítica y constructivista. Y entre estas, la Terapia del Desarrollo Moral, que articula un abordaje integral al planteamiento existencial.

En el presente post no vamos a entrar en ese último plano, propiamente psicológico, que hemos ido desarrollando en anteriores posts y haremos en posteriores. Hoy nos vamos a quedar en el terreno ontológico, más propio de la filosofía -que no implica que la psicoterapia no pueda intervenir. Os quería ofrecer en este sentido unos fragmentos de un artículo de Manel Villegas (2009), que pertenecen a la transcripción de unas sesiones suyas de terapia de grupo. Se trata de un caso intenso, bonito, donde se trata el tema ontológico de forma directa a través de palabras coloquiales y partiendo de experiencias cotidianas, donde todos nos podemos sentir identificados.

RAQUEL: ¿Puedo hacerte una pregunta? Usted como psicólogo que lo ha leído todo y lo ha estudiado todo ¿qué sentido tiene la vida y la muerte? Sabemos que la vida nos la dan los padres, ¿quién nos da la muerte? ¿Qué sentido tiene?
TERAPEUTA: (sonrie) Ejem. (el grupo se mira y sonrien todos, y miran al terapeuta).
LIDIA: El cuerpo se desgasta y se acaba…
ANA: Si yo creo que esto, pues que es un engranaje, y unos mueren y otros nacen […]
RAQUEL: Uno nace para que otro muera, qué caña ¿no?, venga yo salgo, venga tu entra (todos hablan).
ANA: Es un equilibrio, todo nace y todo muere y todo…
RAQUEL: ¿Hay un sentido, que se sepa de verdad? ¿Que se sepa?… Yo busco la verdad ¿pero la verdad quien la tiene? […] y mi verdad es única, ahora, mi padre se ha ido de verdad, y está en mi corazón porqué mi mente quiere, lo voy a tener siempre, pero mi padre se ha ido a un sitio oscuro, donde ya no existe, donde ya… Yo quiero saber donde está, ¿qué pasa?, donde está eso, tal vez eso lo que tengo que preguntar al cura, ¿donde está la verdad? ¿Quien la ha estado escondiendo?
TERAPEUTA: Y si existe, ¿por qué tiene que estar escondida?
RAQUEL: Entonces, todos estamos buscando una respuesta vana.
TERAPEUTA: Si buscamos una respuesta es porque hacemos una pregunta, ¿no? tu ahora estas haciendo una pregunta, a lo mejor el sentido está en hacer la pregunta, porque las flores decías antes, los animales, no se hacen la pregunta, no la hacen, nosotros hacemos la pregunta, pero la cuestión es ¿el que hace la pregunta, puede darse la respuesta? Por que si se diera la respuesta ya no se daría la pregunta, ¿no?
RAQUEL: A ver, yo no la puedo dar, por eso la pregunto.
TERAPEUTA: (ríe)(risas del grupo) ¿y si me lo preguntan, qué respuesta doy? ¿Si es la misma pregunta que te haces tu, la que me puedo hacer yo? ¿Donde está la respuesta?
RAQUEL: Usted ha estudiado todo, ¿no?
TERAPEUTA: Sí jaja… (se ríe), vamos a ver: la muerte se puede estudiar como fenómeno psíquico, físico, biológico, filosófico, antropológico o sociológico. Yo creo que el sentido está precisamente en poderse hacer la pregunta.la vida no tiene sentido

Más adelante Raquel habla de la muerte de su padre:

RAQUEL: Pero incluso esa persona que yo veía de negro, que me daba tanto miedo, esta persona no existe, porque nadie ha venido a buscarla, ¡ni Jesús ni narices! Se fué porque se tenía que acabar. Es desquiciante esto. ¿Para eso venimos? es que es absurdo. Yo no entiendo nada… […] No tiene sentido que una cosa nazca y se muera, la vida no tiene sentido, no tiene sentido nada… Porque ser religiosa me sirvió durante un tiempo, vale. Porque va a venir el reino de los Cielos, y vamos a estar todos bien… Qué bien, qué caña, no existe, vale, acepto, ahora se va, y pienso ahora en otro mundo, va a estar con mis hermanos, con sus seres queridos, en realidad tiene que ver con la religión, estoy segura, mis pensamientos, ¡pero jolín! , que se ha ido de verdad para siempre (solloza) no lo entiendo (afectada), no tiene sentido. Yo no tendría que haber nacido, porque no tiene sentido, nada, para que he nacido […] no entiendo por qué luchar en la vida, para ser mejor, más, vamos a hacer esto, aquello…

El terapeuta habla del sentido de la vida, en qué consiste, cuál es nuestro rol en la cuestión del sentido:

TERAPEUTA: […] Cualquier ser vivo tiene su ciclo vital y después muere. Ahora bien, nosotros tenemos una capacidad de hacernos la pregunta ¿qué sentido tiene? Y justamente esa pregunta significa que si nosotros nos preguntamos por el sentido, somos nosotros quienes le podemos dar sentido, porqué si buscamos el sentido fuera, si está oculto nadie lo podrá encontrar. El sentido se lo ponemos nosotros. […] Para ti ha tenido mucho sentido en la vida luchar por tus padres, ha tenido sentido; durante muchos años tú has querido que ellos fueran felices, esto es uno de los sentidos que has dado a tu vida, porque la vida es un libro abierto, tu puedes escribirla. ¿Verdad que el martes cogiste una libreta y escribiste? pues estabas dando el sentido, el sentido se da, no se tiene, se da. Lo damos nosotros, pues ese es el sentido de la vida, el que le damos, y escogemos que sentido darle, tú escogiste luchar por tus padres, para que ellos fueran felices.

Condenados a ser libres

Somos seres arrojados al mundo, a la existencia, dijo Sartre, a una existencia consciente de sí, por lo tanto, que nos condenaba a ser libres. Seres desfondados, volcados a la posibilidad, sin esencia ni naturaleza, llamados a ser necesariamente libres y por lo tanto responsables de esta misma libertad.

Responsables porque nos pertenece a nosotros llenar ese vacío primordial. Escoger el sentido, las motivaciones, dotar de significado nuestras acciones y pensamientos.

Una libertad agridulce, pues, que reivindicamos con pasión en algunos momentos, cuando nos recreamos en la creatividad y nos sentimos crecidos, felices y autorealizados. Pero que también sufrimos con desesperación en otros instantes, cuando sentimos que la vida no tiene sentido, ante la desproporción y la absurdidad de la muerte, o la fuerza abrumadora de otras facticidades que debemos hacer frente a lo largo del ciclo vital.

Derecho a existir

la vida no tiene sentido
Y a pesar de todo, a pesar de ser conscientes de esa nada de la cual partimos, no podemos hacer otra cosa que inserirnos una vez y otra a la vida, encontrarle un nuevo sentido cuando el anterior nos ha sido arrebatado. Porqué es nuestra devoción, nuestro destino, somos creadores incansables de significado.

Frente a la desesperanza, el cara a cara ante el abismo existencial, podemos y debemos confiar en nosotros mismos, ser temperados, darnos tiempo distendido. Debemos creer en nosotros, en nuestro potencial, ya que podemos y tenemos derecho a intentarlo.

Porqué abrazar el abismo, contemplar el absurdo vital, no debe ser ninguna derrota. Es el inicio de la libertad, es la reafirmación de ser responsable de la propia vida, amo del propio destino. Quizás veamos el vacío, sintamos que la vida no tiene sentido, y nos veamos volcados al umbral de la desesperanza. Pero no debemos de perder nunca el valor de la legitimidad. Sí, sentir que tenemos derecho a vivir, a existir, a ser aceptados. Ya que en primer lugar existimos, y esa existencia tenemos derecho a hacerla prevaler.

Decíamos antes que la cuestión ontológica era un ámbito fronterizo a la psicología. La pregunta sobre el por qué de la vida no podía ser respuesta directamente por el terapeuta, en todo caso este la podía sostener, y aceptar la respuesta que de ella derivase. En cambio, cuando hablamos de derecho, del derecho en el sentido ontológico, derecho a existir y ser aceptado, estimado, valorado, las posibilidades de intervención terapéutica son bastante más amplias.

Manel Villegas habla en este sentido de déficit ontológico, o más exactamente de déficit prenómico ontológico:

Desde el punto de vista psicológico, la necesidad más básica de todas es la de sentirse digno de amor, reconocido como persona. Ésta es la nutrición esencial que requiere el desarrollo de la psique humana: el descuido, la desprotección tan frecuente en las historias de abuso, el abuso mismo en cualquiera de sus modalidades, la invalidación constante y sistemática, el rechazo implícito y explícito son formas graves de desnutrición que van a mantener a muchas personas en una regulación prenómica” (pp 63-64, 2011).

En otra ocasión, hablando de la depresión, Villegas define así sus rasgos más básicos:

“Lo que la caracteriza es un déficit motivacional, secundario o subsidiario a su raíz o fundamento, que está en la propia invalidación del ser, sea esta originaria o reactiva. El sujeto no se motiva porque no cree tener derecho a existir, o parte del supuesto de que carece de valor social de intercambio que justifique su existir (profunda falta de autoestima en el sentido ontológico), o que lo ha perdido porque ha fracasado en su posición social o han desaparecido los apoyos sobre los que se sustentaba. […] La idea de estar de más en este mundo, de que no vale la pena continuar viviendo o, en definitiva, de esperar la muerte de forma pasiva o activa (suicidio) aparece de forma congruente con la depresión” (pp. 436-437, 2013).

La existencia precede la esencia

En definitiva, hemos visto que la cuestión ontológica no puede ser abordada directamente desde el sentido, el significado último de todo, porqué la vida no tiene sentido en sí misma. Sino por el contrario, desde la legitimidad y el derecho a existir. Podemos afirmar que desconocemos cuál es el sentido de la vida, en cambio sí sabemos del cierto que tenemos todo el derecho del mundo a vivirla.

Aquello que escogemos, que decidimos ser o acabamos siendo, nuestra identidad, los valores, los hitos que logramos.. todo ese conjunto vital es producto de nuestra voluntad, y somos responsables en tanto los hemos escogido. El hecho de existir, en cambio, nos ha sido dado. Por ese motivo no podemos ser nunca culpables de ello, ni tener ninguna responsabilidad. En cuestión de derechos, el derecho ontológico es el primero. Y es de naturaleza incondicional, porque nadie ha escogido su propia existencia.

La existencia precede la esencia, afirmó Sartre, entonces también así los derechos respectivos.

Referencias bibliográficas:

Camus, A. (2009). El mite de Sísif. Barcelona: Labutxaca.
Cioran, E.M. (2009). En las cimas de la desesperación. Barcelona: Tusquets
González, A. (1998). El hombre como divina ausencia. Lleida: Textos Universitarios Sant Jordi
Sartre, J.P. (1954). El ser y la nada. Buenos Aires: Iberoamericana
Villegas, M. (2009). La psicoterapia como reconstrucción de la experiencia. A propósito de un proceso de duelo. Revista de psicoterapia vol. XX nº 77, pp 41-112.
Villegas (2011). El error de prometeo. Psico(pato)logía del desarrollo moral. Barcelona: Herder.
Villegas (2013). Prometeo en el diván. Psicoterapia del desarrollo moral. Barcelona: Herder.

 

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