En busca de la solidez perdida

En un anterior post hablamos del concepto de abundancia. Vimos que la abundancia, orientada a la adquisición y consumo de productos y relaciones, no podía llevar por sí misma a la satisfacción plena, pues el deseo humano es de naturaleza insaciable. Nunca habría suficiente de algo que pudiera lograr la plenitud, incluso podría pasar lo contrario, que esa abundancia acrecentase la sensación de escasez. Es lo que hoy observamos a menudo a partir de las prácticas compulsivas de consumo, que llevan al hastío y al vacio interior, y por lo tanto a una vida infeliz También se observa en la creciente fragilidad de los vínculos de pareja, ante la oportunidad casi ilimitada e inmediata para establecer nuevas relaciones, que llevan paradójicamente muchas veces a la soledad.

En el presente post hablaremos de ese vínculo de pareja, de su fragilidad, y lo haremos a partir de dos casos que hemos tratado en terapia. Una abundancia relacional que, vemos, ocasiona a menudo escasez en forma de falta de compromiso, dificultades de vinculación afectiva y angustia frente a la soledad. Consecuencias propias de lo que el sociólogo Zygmunt Bauman ya describió como amor líquido. Una expresión de un fenómeno histórico más amplio, que llamó modernidad líquida.

Lo que vemos a diario en la consulta de psicología y en general a nuestro alrededor, son dificultades crecientes de solidificación: de vínculos, de trabajo, de identidad, de autoestima, de proyecto de vida… Hablaremos, pues, de esa liquidez que nos acecha, y buscaremos su relación con el concepto de abundancia, ya que a menudo parecen fenómenos cercanos.

“Abundancia” es un concepto líquido

abundanciaLa etimología de la palabra abundancia es inquietante, pues está vinculada con la liquidez. Efectivamente, abundancia proviene del verbo “unda”, que significa ola. Ab-unda-ncia es la ola que sobrepasa el límite, que inunda (otra vez la raíz “unda”). Es como un rio que se desborda y lo cubre todo de su líquido acuoso; imagen poderosa, que nos remite quizás al imaginario del rio Nilo, con sus inundaciones estacionales, que fertilizaban las tierras de cultivo del antiguo Egipto y traían consigo abundancia y prosperidad.

Una coincidencia etimológica, con probables raíces históricas, que nos sirve de pretexto para hablar aquí de licuefacción de las relaciones y de todo lo demás, y de navegantes solitarios que buscan desesperadamente tierra firme donde desembarcar y establecer de nuevo su vida.

Manel y su “infidelidad digital”

Manel vino a terapia por “adicción a los chats”. Le gustaba chatear con chicas que conocía a través de Tinder, una aplicación orientada a establecer relaciones y concertar citas. En su caso, nunca había pasado de la pantalla, pues se había limitado a tener conversaciones, eso sí, de contenido romántico y sexual. Es lo que se conoce como infidelidad digital o virtual. Lo hacía a escondidas de su pareja, hasta que lo pilló en diferentes ocasiones. Aquello puso la relación de pareja en una profunda crisis, y llevó a Manel a terapia, porque veía que no podía desengancharse de los chats. En terapia Manel expuso su inseguridad ante la relación de pareja, pues ya no había la pasión y el deseo del inicio, y la rutina del día a día había borrado la magia de cuando no vivían juntos. “Hablar con chicas me proporciona la sensación de que no estoy estancado, de que si quiero puedo cambiar mi vida”. Aunque otra parte de sí creía en la relación, y apostaba por seguir: “Yo estoy muy a gusto con ella, me encuentro bien a su lado, la quiero.” Después de afirmarlo, seguía con un “pero” y seguía con la duda eterna.

Una duda relacional que azotaba Manel, y que azota cada vez más personas. Una fuente de conflicto que lleva las parejas a una incertidumbre permanente y a una amenaza constante ante la facilidad de la disolución. Liquidez relacional potenciada no sólo por la facilidad tecnológica o la permisividad cultural, sino también por la búsqueda insaciable del ideal romántico o la satisfacción sexual.

Mireia busca pareja estable

Mireia era una mujer de 43 años que estaba a punto de divorciarse cuando pidió asesoramiento psicológico. Se encontraba con bajo estado de ánimo, insegura, ansiosa. Había luchado mucho por la relación de pareja, aunque había motivos más que suficientes para dejarlo estar. Su compañero, con quien tenía un hijo de tres años, seguía adicto a la cocaína, a pesar de años de terapias e ingresos en centros de tratamiento. Algunas veces, después de meses de haberse recuperado, desaparecía un fin de semana entero, y se llevaba cantidades importantes de dinero, que gastaba compulsivamente en drogas y prostitución.

Durante las sesiones de asesoramiento, Mireia pudo ver con más claridad a la persona real con la que convivía, y los déficits no tan sólo de él, sino de la relación. Empezó a comprender que por más que pusiera de su parte en la relación, no lograría cambios significativos, o precisamente lo contrario, afianzaría la posición parasitaria de su compañero.

Mireia se decidió finalmente por la ruptura, no sin dudas ni temores. No por perder al que había sido su pareja durante años,al que ya no amaba ni respetaba, sino por lo que significaba romper el vínculo. Mireia se sentía sola. Quería encontrar una pareja estable para hacer vida en común, alguien con quien confiar profundamente, quería amar y sentirse amada.

tinderUna de sus primeras iniciativas fue apuntarse a Tinder, por recomendación de una amiga suya. Era consciente que volvía a estar en el “mercado”,así que se adecuó a su nuevo rol, prestando más atención a su imagen. Tuvo varias citas con hombres que eran de su agrado. Un día, sin embargo, Mireia empezó la sesión de terapia afirmando que veía “el panorama muy mal”. Había conocido a diferentes hombres, con algunos había conectado de forma genial, y se chateaban a menudo. Pero se había dado cuenta de la dificultad de profundizar en dichas relaciones. Usó una frase que le había dicho una amiga suya, sí, la que precisamente le había recomendado la aplicación Tinder: “desde que el sexo se ha vuelto fácil, el amor se ha vuelto difícil”.

Los vínculos se vuelven líquidos

Los vínculos, nos dice Bauman, sufren de falta de solidez, son cada vez más fugaces, superficiales, etéreos y de menor compromiso. Una tendencia que está relacionada con el creciente individualismo que atraviesa la sociedad, que percibe las relaciones fuertes y sólidas como un peligro para la libertad y autonomía personal.

A este factor se le suma la cultura del consumismo, que entrega el deseo al cultivo de la posesión, de la fusión y del consumo compulsivo de todo cuanto nos rodea, ya sean objetos, personas o experiencias. Una urgencia consumista que atraviesa todas las esferas de la existencia humana, que distorsiona el terreno de los afectos, y que fuerza a pensar las relaciones interpersonales en términos de costes y beneficios. Es decir, que les quita su vertiente incondicional. Una vez una paciente con muy baja autoestima me preguntó qué le encontraría su pareja para amarla, y yo le pregunté si ella sabía por qué le quería a él. “Pues la verdad, no lo sé…”. “Pues a lo mejor él tampoco lo sabe”, le respondí yo. Sabemos qué nos gustó y atrajo de nuestra pareja, incluso sabemos identificar qué es lo que nos atrae hoy. Porque el deseo requiere de razones para existir, a diferencia del amor. El vínculo afectivo es algo que nace y ya está, no está sujeto a condiciones ni razones concretas. Siempre, claro, que la relación en general sea satisfactoria y se le de tiempo y estabilidad. En ese sentido, el amor hacia uno mismo, o autoestima, sigue la misma lógica incondicionada. Uno se quiere porque existe, así desnudo, tal cuál llegó al mundo, sin éxitos o fracasos, sin méritos o vergüenzas, o incluso a pesar de ellos. Pero volvamos a las relaciones…

Para Bauman las relaciones a través de Internet se convierten en el paradigma que después se exporta a las relaciones de la vida real. Relaciones que se convierten cada vez más en conexiones, sin implicación ni profundidad, pues en las conexiones cada uno decide cuándo y cómo conectarse, y puede pulsar la tecla suprimir.

En una vida de continua emergencia, las relaciones virtuales superan fácilmente lo real. Aunque es ante todo el mundo offline el que impulsa a los jóvenes a estar constantemente en movimiento, tales presiones serían inútiles sin la capacidad electrónica de multiplicar los encuentros interpersonales, lo que les confiere un carácter fugaz, desechable y superficial. Las relaciones online están provistas de las teclas suprimir y spam que protegen de las pesadas consecuencias (sobre todo, la pérdida de tiempo) de la interacción en profundidad.

Modernidad líquida que trae como consecuencia el hedonismo, la ideología de la satisfacción inmediata y banal. Es el deseo asimilativo del que hablábamos en aquél anterior post. Personas ávidas de más y más, vacías sin embargo de todo, atrapadas en la espiral compulsiva del deseo. Un deseo que se manifiesta desequilibrado y con poder destructivo, que bien le podríamos llamar síndrome del Rey Midas, a propósito del mito.

Proceso de licuefacción de todo o de casi todo, que parece llevar a la nada inconsistente. Algunas veces, sin embargo, la disolución de las grandes estructuras deja al descubierto otras pequeñas realidades sólidas, o las hace posible, o incluso las pide. En este sentido, vamos a ver qué pasa en la pareja actual, con su metamorfosis.

Del exoesqueleto al esqueleto interno

Hace un par de años Vanessa y yo dimos una charla en Vilafranca del Penedès, donde hablamos del significado de la pareja y de sus razones para existir. Utilizamos la metáfora del exoesqueleto, que hoy viene de fábula para lo que quiero expresar.

No existe una definición única y válida de pareja para todo el mundo, ya que la pareja es hoy en día una relación muy particular, que depende de las personas que la forman y del momento vital por el que están pasando. En el pasado no fue así.

exoesquelet
¿Ese caracol está vivo? No lo podemos saber

Tradicionalmente, la pareja se formalizaba con el matrimonio. Una institución regulada legalmente, que establecía unos límites y definía toda una serie de derechos y deberes dentro de la relación. Quien se unía en matrimonio, sabía de antemano en qué consistía, cuáles eran los riesgos que afrontaba, y qué oportunidades le ofrecía aquél compromiso. Hoy en día, en cambio, la pareja ha sobrepasado el marco que establecía el matrimonio, lo ha desbordado. Y se nos hace muy complicado definir cuando y donde comienza esta relación de pareja, qué implica exactamente para cada uno de sus miembros, y que se puede esperar del conjunto.

La pareja es hoy sobre todo una co-construcción. Una relación semi-estructurada que requiere construcción constante, adaptación a cada caso particular, a cada momento vital. Es dinámica y participativa, y eso la convierte en inestable.

Si el matrimonio tradicional se sostenía en un exoesqueleto social y legal, rígido, que lo contenía y le proporcionaba estabilidad, la pareja de hoy lo que busca es un esqueleto interno, una columna vertebral que le dé sentido y la sostenga, más que no la contenga.

La pareja tradicional quedaba definida socialmente. La pareja de hoy se define internamente, por sí misma. Son sus miembros los responsables de dotarla de sentido y razón de ser. Su inestabilidad es, pues, consecuencia de su mayor autenticidad. En una pareja tradicional la relación podía estar muy deteriorada, y sin embargo seguía unida hasta el final.

La licuefacción del exoesqueleto, diría Bauman, ha dejado a los miembros de la pareja toda la responsabilidad ante su propia relación, de ellos depende su viabilidad.

El retorno de la solidez

Empezamos con licuefacción y vamos a acabar con solidificación. Porque a lo mejor no se trataba tanto de una disolución de todo, sino de un cambio en las formas sólidas que estructuran nuestro mundo: del exoesqueleto del invertebrado a la columna interna del animal vertebrado, por cierto una forma evolutiva más reciente. De estructuras externas rígidas y pétreas, a otras internas más flexibles, que permiten mayor crecimiento orgánico, más capacidad, y más éxito evolutivo.

Parecería que algo de allí fuera se debilita y otro algo de aquí dentro se refuerza. Es como si el peso de lo social, del orden social, de las verdades y las praxis estandarizadas, de la moral heteronómica, fuesen cada vez menos constrictivas y determinantes, o más ligeras y dispersas, y de algún modo el peso del existir estuviera recayendo cada vez más en cada uno de nosotros: la responsabilidad, la libertad, el sentido de la vida… Pero no como un movimiento individualista y de cierre personal, sino todo lo contrario. Desde el individuo como nodo último y primero de todo lo demás. Nodo a partir del cual tejer vínculos -la comunidad real-, sustentar una ética autónoma, nodo a partir del cual construir una sociedad en red distribuida, nodo desde donde ejercer una economía directa y p2p.

libros indiasY volviendo al Manifiesto Comunero, y en general a todo el trabajo del grupo de Las Indias, aparece una y otra vez esa búsqueda de la solidez en el individuo-nodo, núcleo de esa red resiliente que empieza por la comunidad y se expande sucesivamente. En el Libro de la Abundancia, donde se plantea un trabajo significativo y responsable, con sentido personal y libremente escogido. O en el Libro de la Comunidad, donde las personas establecen vínculos libres, pero fuertes y consistentes, estables, que les permiten constituirse en comunidad. Pero como comunidades que se sostienen por sí mismas, sin exoesqueleto, sin nada que las contenga desde el exterior. Comunidades flexibles y resistentes, vivas, que se re-construyen y co-construyen día a día con su quehacer.

Es el retorno a lo consistente, pero a una consistencia desde lo individual y desde los vínculos de afecto, desde la pequeña escala, desde la resiliencia más que desde la rigidez. El proceso hacia la persona autónoma, que diría Manuel Villegas, aquella capaz de regularse por sí misma, que ama la libertad pero que no teme al compromiso, y que es plenamente responsable de todos y cada uno de sus actos.

 

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