“L’ésser humà és un animal simbòlic”


En aquesta ocasió, us volem oferir una reflexió, breu però consistent, sobre el caràcter simbòlic dels humans, el llenguatge, el mateix pensament, el significat que donem als nostres actes i a la pròpia existència. Simbòlics també com a sinònim de lliures, guionistes i intèrprets del propi destí. El text és un fragment del llibre “Prometeo en el Divan. psicoterapia del desarrollo moral“, pp 161-162, de Manuel Villegas, 2013.

La persona humana se caracteriza por su dimensión significativa, es decir, por las connotaciones con las que revestimos los acontecimientos vividos. El nacimiento de un niño no es un puro suceso natural, como pudiera serlo en el mundo animal, sino que va precedido de expectativas e ilusiones, jalonado de sorpresas y alegrías y seguido de proyectos y conjeturas sobre su futuro; o, por el contrario, puede ir precedido de miedos e incertidumbres, acompañado de depresión y de rechazo, y seguido de abandono, descuido o sobreprotección compensatoria.

¿Cómo lo hacemos los seres humanos para otorgar tantos valores añadidos a los acontecimientos?

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Las concepciones simplistas de la psicología se limitan a reducir la experiencia humana a un repertorio de respuestas sensoriales, emocionales, motivacionales o conductuales primarias, neurofisiológicas en última instancia, reguladas por los mecanismos de refuerzo y castigo, o sea, de placer y dolor. Por ejemplo la adicción a las drogas o el juego de azar se explica suficientemente por la naturaleza adictiva de la sustancia, o por el valor reforzante del habito. En una perspectiva reduccionista no entran para nada las variables simbólicas de tales hábitos, como por ejemplo: las formas de vida alternativa o la expresión de la rebeldía social, ligadas al mundo de las drogas, las cuales, a su vez, pueden convertirse en una anestesia para el dolor de la vida cotidiana, una evasión ante la dificultad de crecer, un contexto relacional, o un paliativo frente a la angustia existencial; o, en el caso del juego, la persistencia patológica puede basarse en la creencia básica de la buena suerte, la voluntad de desafío al azar, o la arrogancia, que no admite la derrota, y apuesta hasta que sobreviene la ruina económica.

El ser humano es un animal simbólico, que busca sistemáticamente, de acuerdo con la etimología de la palabra (“simbalein”, poner todo junto) relacionar todas las cosas entre sí, dándoles un sentido o significado, como quien observa el aspecto figurativo de un tapiz mirándolo por el anverso, aun sabiendo que la imagen que se puede contemplar en ella es el efecto de un entramado de los hilos de distintos colores y tamaños que se entrecruzan con aparente desorden en su reverso. Este es el origen de las más diversas religiones, o, en su efecto, de los distintos sistemas filosóficos que intentan otorgar un significado compartido para la experiencia humana colectiva: de dónde venimos, a dónde vamos, qué valor tienen nuestros actos, cómo nos debemos organizar socialmente. Nacen de la constatación de los límites del ser humano, a la vez que de la consciencia de su trascendencia, empeñadas en dar una respuesta a todas y cada una de las preguntas que surgen de esa tensión dialéctica.