Els objectes que abandonem


En un anterior post, titulat “Els objectes que estimem“, parlavem de la nostra vinculació afectiva cap a determinats objectes que ens rodegen. Objectes que són significatius per a nosaltres, ja que ens han acompanyat en el temps, o bé els associem a persones que estimem o hem estimat i ja no hi són.

En aquest post, m’agradaria complementar el concepte d’objecte de vinculació. I m’agradaria fer-ho a partir del fragment d’un llibre titulat Mirar al Sol. La superación del miedo a la muerte, del psiquiatre Irvin D. Yalom (2009).

A “Els objectes que estimem” es va fer èmfasi en l’establiment del vincle persona-objecte, i en la identitat com a motor d’aquest procés. En aquest segon post voldria posar l’accent en el moviment invers. Això és, quan es produeix la pèrdua del vincle a través d’un acte de despossessió. Yalom ens ho explica a través del cas de l’Alice, una dona viuda de 80 anys que ha d’afrontar la difícil decisió de deixar casa seva i amb ella abandonar la major part dels objectes significatius de la seva vida. Com veurem en aquest cas, la perspectiva existencial que imprimeix Yalom en el relat dóna coherència i coixí a tot el procés.

 

Mirar al SolUnos meses después de la muerte de su esposo, Alice decidió mudarse de la casa donde había vivido durante cuarenta años a un hogar para ancianos donde le podían dar los cuidados y la atención médica que requerían su hipertensión severa y sus limitaciones visuales por degeneración macular.

Ahora, a Alice la preocupaba cómo disponer de sus posesiones. No podía pensar en otra cosa. Mudarse de una gran casa de cuatro dormitorios atestada de muebles, objetos y una colección de instrumentos musicales antiguos a un departamento pequeño significaba, por supuesto, que debería deshacerse de muchas cosas. Su único hijo, un individuo itinerante que ahora trabajaba en Dinamarca y vivía en un pequeño departamento no tenía lugar para ninguna de sus pertenencias. De todas las dolorosas opciones que enfrentaba Alice, la más dura era decidir qué hacer con los instrumentos musicales que Albert y ella habían coleccionado a lo largo de su vida. A menudo, en la soledad de su reducida vida, le parecía oír fantasmales acordes pulsados por su difunto abuelo en su violonchelo Paolo Testore de 1751, o por su marido en el clavicordio inglés de 1775 que amaba. Y también estaban la concertina y la flauta dulce inglesas que sus padres les habían dado como regalo de bodas.

Cada objeto de la casa atesoraba recuerdos de los cuales, ahora, ella era la única propietaria. Me dijo que irían a dar a manos de desconocidos que no conocerían su historia ni los atesorarían como ella. Y en su momento, su propia muerte terminaría de borrar los ricos recuerdos asociados al clavicordio, el violonchelo, las flautas, los flautines y tanto más. Su pasado perecería con ella.

[…]

Su último día en la casa fue muy duro. Como los nuevos propietarios tenían intención de realizar grandes reformas, insistieron en que la casa quedase completamente vacía. Alice debió quitar hasta los anaqueles. Mientras miraba cómo los sacaban, se asombró al ver que, en el lugar que ocupaban, había franjas de pintura color celeste en las paredes.

¡Celeste! Alice recordaba ese color. Cuarenta años atrás, cuando se mudaron de la casa, todas las paredes estaban pintadas de ese color. Y, por primera vez en todos esos años, recordó el semblante de la mujer que le había vendido la casa, el rostro crispado de una viuda angustiada y amargada que, como ella misma, detestaba dejar su casa.

La vida es como una procesión que pasa, se dijo. ¡Claro! […] Ahora advertía de verdad que también ella era transitoria, que simplemente había pasado por esa casa, tal como todos sus anteriores ocupantes. Y la casa misma era transitoria y algún día desaparecería para dejarle su lugar a otra casa, que se alzaría en ese mismo terreno. El proceso de dar sus posesiones y mudarse fue una experiencia de despertar para Alice, quien siempre se había arropado en la confortable ilusión d una vida ricamente amueblada y tapizada. Ahora, se daba cuenta que el abrigo de sus posesiones la había protegido de la desnudez de la existencia.