Débito conyugal, o cómo inhibir el deseo sexual


En el contexto del matrimonio, existe un concepto muy antiguo que es el Debitum. Significa el deber de avenirse a las relaciones sexuales en una relación formalizada. Tanto de él como de ella, aunque su razón de ser vaya dirigido más a la mujer, en el contexto de una sociedad tradicionalmente patriarcal, para evitar su negativa a cumplir con el contrato matrimonial en cuestiones sexuales.

dèbit En la misma Biblia (Corintis 7, versículos 3, 4 y 5) se habla detalladamente de este contrato conyugal: ” 3. El marido devuelva el débito a su esposa, y así mismo la esposa a su marido. 4. La esposa no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino su marido; de la misma manera tampoco el marido tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la esposa.” Deber y derechos mutuos, pues, que regulan normativamente aspectos que hoy en día consideraríamos más propios del ámbito del deseo, del juego sexual, y del placer.

Afortunadamente, en la actualidad la terminología y los conceptos relativos al débito conyugal han sido apartados del Derecho Civil, así como de la misma teología moral y pastoral. Aunque perduran en ciertos ámbitos del Derecho Canónico, y sobretodo, preduran bien vivos en el transfondo cultural de nuestra sociedad.

 

Cuando el deber conyugal marca la frecuencia sexual

Muy a menudo, acabamos considerando las relaciones sexuales como un deber, como algo que se tiene que hacer con una mínima regularidad. “No es normal que una pareja joven haga el amor cada tres o cuatro semanas, ¿verdad?“. Preguntaba muy preocupada una paciente. Estadísticamente no es normal, se aleja del promedio de la población general, pero es una opción plenamente legítima, hablando en términos de derecho personal. Y plenamente sensata si estas relaciones se basan en el deseo y no en la norma. Por que el deseo manda en cuestiones sexuales, y si éste no aparece se debe de respetar.

Es bastante frecuente que los deseos de cada miembro de la pareja no concuerden, tengan ritmos diferentes: “yo lo haría dos o tres veces a la semana, en cambio ella…“, se queja un chico. Ahí entra la capacidad de la pareja de acoplarse, en ese tema y en muchos otros. Nuestros deseos, nuestros anhelos, motivaciones, expectativas, son siempre muy personales, y la vida en pareja exige reconocimiento, acuerdos y comunicación.

Deber conyugal y deseo sexual son términos opuestos

El reconocimiento y la validación son imprescindibles. En realidad, aparece aquí una gran paradoja. Cuando consideramos las relaciones sexuales en términos de deber conyugal, y forzamos una frecuencia de relaciones “normal”, el deseo puede inhibirse en uno o en los dos miembros de la pareja. Eso es así por que la norma excluye la persona, la anula. Y en el marco de una relación íntima, suponea el declive del deseo sexual. Una inhibición del deseo que en realidad es un acto de autoafirmación de aquél que no se siente reconocido.

A partir de aquí, se puede enfocar una terapia sexual que rescate este deseo inhibido, de uno o de los dos miembros de la pareja. Pero siempre teniendo presente que las relaciones sexuales no son un deber, ni tampoco una necesidad que tenga que ser satisfecha. En pareja es un juego de dos, que se debe iniciar con ganas compartidas, con espíritu lúdico, y sobretodo con deseo de recibir y dar placer.